Una merienda

En ese intento equivocado de llevar al arte y a la cultura a una línea de trazo fino paralela a la vida, las salas de exposiciones convencionales relacionan una serie de restricciones que, a menudo, convierten al espectador en eso exactmente, en el sujeto que mira o asiste a algo pero desde cierta distancia, solo salvable a través de un ejercicio intenso de penetrabilidad orgánica, algo que muy pocos pueden hacer. De hecho, una de las expresiones asociadas a la visita a una sala son “voy a ver una exposición” y no “voy a vivir una exposición”. Por lo general, está prohibido hablar en voz alta, llamar por teléfono, tomar una fotografía, reir, comer, fumar, sentarse en el suelo o tocar las obras de arte, es decir, se restringe severamente convivir naturalmente con la obra de arte.

Solar no tiene nada de especial, sólo que todo eso se puede hacer. Como es habitual en la vida, ver no es sólo mirar desde la distancia de lo que cuesta económicamente, oír es también integrar el ruuido de la calle, tocar es poder apoyarse en las paredes e incluyso flexionar la rodilla para colocar el pie sin miedo a manchar la pulcra pared, oler es intuir un café y salir corriendo a buscar uno y quizás degustar es comerse un bocadillo mientras se construye un juicio crítico sobre la obra de Perreko.

Así que para romper la distancia entre esos dos trazos paralelos, hemos organizado una merienda.

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